Yo también tuve un milqui, er, bueno, milquioide. Un milcua. Seat 1400-C, motor Barreiros C-60, ex-taxi Madrid, tapicería skai blanco decorado con dedos y mugres, y…. GRUPO CORTO. Delirante, lo admito, pero era así.
[@more@]Y, no, no voy a contar "lo" del invierno del 75, a -10ºC, porque me lo has plagiao mismamente. Aunque t'as olvidado del alambrito, el trapo, la gasolina y el mechero justo a la boca de admisión: sin todo eso, además de bajar del Cielo una docena de santos, tururú, no arrancaba. Lo del humo no era tan dramático, sólo duraba hasta Segovia. Sí quiero decirte cómo lo vendí. En vacaciones del 76, me armé de alambre, "startpilot", mi preciosa bruja, otra batería, una manta, dos amiguetes recién casaos (pa empujar si un caso), 3000 duritos, un poco de aceite (25 litros "Premium"), y tope desafiantes atacamos la N-II con entusiasmo. Viajando deprisa llegamos a dormir a Zaragoza, (bueno, un poco más allá, en Alfajarín), y por la mañana, tras tumbar un poste maniobrando marcha atrás (sí, el humo, claro), equivocarnos dos veces de dirección, (seguía el humo, sólo que ahora más espeso. La altura geográfica, seguro), contestar educadamente a la media docena de caras congestionadas que nos decían algo de la familia, jurar a los guapos chicos de La Benemérita que algún moro nos había echao algo en la bebida, digo en el depósito, otra vez a arrearle pomada al avión, a 60 por los arcenes, y sin más incidencias que esquivar algún ciclista desquiciado que nos adelantaba en bajada, llegamos al paraíso Claret (museo de coches y corazones), a tiempo para cenar, dejar al abuelo Claret apuntando al milcua con su escopeta de caza ("metales contrayéndose! Bobadas! Os digo que como salga algo de ahí debajo lo jodo bien!"), recoger las dentaduras bajo los asientos, sacarnos el hollín de toas partes y a dormir. Y tras dos días felices allá, con el maletero lleno de correas, bidones, más alambre, pan de payés y las recomendaciones de Claret hijo, (decía algo de la aplicación de la ley de bandas armadas o algo así), enfilamos el camino de retorno a casa. Y a 15 Km. de Barcelona ocurrió la catástrofe. Uno de aquellos puntos soñados, una larga rampa, recta, con vía lenta. Por ella, por la vía lenta, un Barreiros Super Azor que hacía más humo que nosotros. Osea, HUMO. Negro como los cojones de un grillo y apestoso como cuesco ajeno. En estos casos, y ya experimentado de muchos Kilómetros con el "Vaporoso", te quedabas detrás, y ya está. Pero una tarde de Agosto, a 38ºC, no jodamos. A más, no viene nadie, tío. ¡¡Gas!! Trepidaciones, quejidos lastimeros, rezos de mis amigos, 7O km/h, gas a tope, 70, 75, horrísono estruendo bajo la cubierta delantera, se me caen las gafas, mi brujita pierde el DIU,se hace la luz, y… Yaaahuuu! hemos adelantado al lentorro, y encima estamos trepando lo de Montgat a casi 80 Km/h… ¡Uf! Orgásmico. La única nota discordante la ponen el montón de merluzos descerebrados que se han ido acumulando detrás nuestra, a quienes les ha tocado el humo del camión y el mío, y manifiestan su absoluta disconformidad de muy diferentes maneras, a cual más pintoresca. Esto último lo sé porque cuando salimos al corto tramo de A-19 de Montgat a Barcelona, todos pasaban raudos, haciendo unos gestos y diciendo unas cosas nada dignas de figurar en una respetable güef como esta. Fruslerías. Súbitamente, el cielo cayó sobre mi cabeza. Con más exactitud, sobre la cabeza de una de las bielas. En el fragor del intercambio de frases amables con la peña de la A-19, y enardecidos por la fulgurante subida de Montgat, no habíamos notado nada, pero algo sonaba diferente allá delante. Era algo ronco, bajo, lúgubre, profundo, agónico. Soltando gas a las puertas de la ciudad, se empezó a notar con claridad. Seco, rítmico, violento. Como el cortacéspedes de Satanás. Como era tan reciente, aún sonaba poco; pero tan cierto como la muerte, ahí estaba, hacia las 1000-1500 rpm, ominoso, amenazador: toc-toc-tocotocotocotoco-toc-toc. Yo me quería morir. Y como los valientes, del mal los güevos. Gasolinera de Diagonal/Rosellón, chupón de vaciado, tólaceite fuera, (oh fortuna, sin serrín metálico, todavía) siete botes de WYNN'S sae-140, botón de arranque, y.. Dios existe!! La biela se ha callado! Está anocheciendo, la temperatura ha templado algo, somos jóvenes, así que carretera y manta. Y dado que la N-II adolece de arcenes por muchos sitios, echamos p'a Valencia por la A-7, a 40 por el arcén. Pasamos Valencia a las 3, y aunque no existía la 8ª maravilla del bypass, no se veía un pollo, y entre cafés, nervios (la biela seguía calladita, bendita ella), ronquidos de los amiguetes y mi brujita, llegamos a Novauto, en la Av. del Generalísimo ciento-no-sé-cuántos, donde compraban los coches genre Barreiros bastante bien. No me dejaron meter el coche dentro del parking, aduciendo no sé qué de virus y profilaxis, que si habían fregao hacía poco y tal y tal, y al final me pasaron al despachito del tasador, mozo ejecutivo en ciernes a quien vi dudando entre llamar al 091, la perrera municipal, los loqueros o a su mamá. Tras escucharme cortésmente mis pretensiones, y viendo mi flamante milcua verde oscuro, tapizado en blanco (sin lamparones ya), tapacubos de Ford Vedette y su ancha franja pop verde butano, sacudiéndose una imaginaria mota de polvo de su blazier azul oscuro dijo sin pestañear: "Cinco mil y va Vd. que se jode, colega". Joer, ya lo creo que era poca pasta. O sea, que si le digo que a más a más llevaba un bielazo, me tira el cenicero. Los dejé a todos afanadísimos con los sprays de Ozonopino por donde yo había pasado, me llegué a mi pobre haiga, mi brujita dejó de roncar un poco y con un ojo abierto me preguntó que qué tal, luego que mis amigos se habían esfumado porque estábamos al ladito de "La Paz" y tenían no sé qué de abuela con sarampión ingresada en las últimas ("mierda, como mi coche,") me dije, y nuevamente, tiré a la Bonaparte, uséase, de perdidos al río. Con la biela sorprendentemente calladita aún, dí media vuelta a Madrid, endiñé la N-IV y, hale, a los desguaces de Villaverde. Yo iba bastante por allá y había un puñao de ellos que tenían coches majos, arreglados, para vender. Quien lo recuerde sabe que aquella era una área enorme, que rebasaba el término municipal. Así que me busqué el más grande que ví, atravesé la enorme portalada con el milcua ronroneando satisfecho como una marrana harta de coles, me detuve en una explanada hacia el centro donde había un par de construcciones y alguna gente, y descendiendo del milcua, tras apagar la caldera y componer gesto de Otelo bajando a los infiernos, pregunté por el jefe de aquello. Los tres a los que me dirigí hacía rato que se miraban el 1400. Y el más joven, de melera rizada y negra, me dijo: "Er hefe é er señó Manué, questá con mi pàpa. S'espera un poco, que víabuc-carlo". Al poco vinieron charlando animadamente entre ellos, sin quitarle ojo al haiga verde, soltando por lo bajini algo de que "se mueralpapa", tirándose uno de ellos de los mostachos y el otro con el sombrero encasquetado hasta la nariz. Resultó que el del mostacho frondoso era el padre del melenas y el del sombrero que parecía no ver nada era el dueño del desguace. Yo ví enseguida que el coche había gustado. Es un sentimiento, digamos, casi imperceptible, pero que a las titis les viene de perlas pa llevarte al agua. Aunque en este caso, lo único que a mí me trajo fué una flojera de rodillas que añadir a mis nervios, tensos de por sí. Vino el hombre para mí, y tras saludarme y preguntar qué quería le solté, casi sin respirar, que era un niño de papá, un pollo pera, parásito y tal, asiduo de timbas ilegales y vicios semejantes, hecho a la buena vida, que la víspera había jugado -y perdido- lo que no tenía, y que estas cosas pasan, y tal y tal. !Peero! Que uno es rico, pero honrado, que lo cortés no quita lo pudiente, que según Salomón quien no paga es un cabrón. A todo esto, mi brujita asentía vehementemente con la cabeza todo cuanto yo decía. En fin, que para no molestar a mis augustos padres y no dar un cuarto al pregonero que luego tó lo casca, había decidido vender la joya de la corona, er, quiero decir del garaje, porque era mío y ná más, aunque me lo hubiera regalado mi rico suegro. Que a mi señora allí presente esto último no le hacía nada de gracia, que había intentado discutírmelo, y que habíamos tenido una de no te menees por la mañana, (de ahí el abollón en el paragolpes trasero, que se lo hice al haiga por no darle un mojicón a mi mujer), y que las mujeres no son quién para discutir nada de nada. "Zíí zeñó, hace usté bien, la muhere a fregá, que uno lo ha dicho siempre, ea, pozólo fartaba ezo, no zeñó! Y asín de paso, ¿cuánto quería vd. por er coshe?" Yo, llegado este punto, empezaba a oir campanas celestiales. Además, ni siquiera se había referido al milcua como "lavadora", "armario ropero" y tal, tan al uso. Así que, hinchándome un carrilllo con la lengua y entornando los ojos a lo Humphrey Bogart, solté: "Yo debo 10.000 duros, y eso es lo que quiero por el coche, aunque vale el doble". El viejo, clavando sus acerados ojos en mi fea cara (esto lo supongo, porque el sombrero no me dejaba vérselos), se pasó el hierbajo de un lado al otro de la boca, miró hacia sus colegas, escupió hacia una gallina desprevenida, acertándola , murmuró algo de los muertos de no sé quién, dió una patada a una tuerca de #8 que casi vuelve a acertar a la gallina, haciéndola huir, se rascó para finalmente decir: "30.000, ni un duro más, si et-tá bien lo papele". En este punto, viendo alzarse mis cejas como un lor inglés con una mosca en la sopa, se apresuró a aclarar que eso no iba por mí, que me ze veía un zeñó ytal y tal, pero que andaba mucho julay por ahí y a él no se la jugaban. Y yo, duro y empecinado en mis 10.000 pelotes o nada, pues que ya estaba bien jodido pa bajarme más. (Yo me supongo que) Compadecido por mi desgracia, o quizás por la decisión mía de imponerme a la mujer, tras otras dos horas del viejo arte de tira y afloja, accedió al precio final de 34.000 pelas; pero (¡Glub!), era hora de cerrar, las dos y media, que me pagaba por la tarde, en el pueblo. Así pues, comimos allá cerquita en un figón del polígono, y a las cuatro estábamos como clavos en el desguace. No recuerdo si comí. Recuerdo que estaba más nervioso que un pavo cuando oye panderetas. La pasta, la biela que aún callaba, las vigas en el maletero… Allá a las cuatro y cuarto llegaron el del mostacho y mi amigo del sombrero en un renqueante Dyane-6, y tras esperar que dejase de bambolearse un ratito descendieron, muy risueños. Éste se vino hacia mí, y dándome una amistosa palmada en el brazo me confió: "Hoé que za notao er bocinazo a la muhé, ein? Comuna marva, zií zeñó, comuna marva za quedao, míala". (Y tanto, joer, la pobre niña estaba machacada de hacer arcenes durante trece horas seguidas, y ahora ponía ojos de vaca enferma todo el rato).El hombre se acomodó a mi lado, mi brujita detrás, y echamos hacia el pueblo por donde me indicaba él. Tras callejear un poco, llegamos a un taller y me mando parar delante. Se acabó el vacío del estómago y el templeque de piernas. Se me abrió el suelo bajo los pies. ¡Un taller! De aquí salimos esposados, o peor, con cuatro tiros. Habíamos venido desde Barcelona-Valencia-Madrid-Villaverde a unos 40 km/h o menos, ¡siempre menos!, pero del desguace al pueblo ya el hombre me dijo que arrease un poco porque "hase una caló pa cagalse, y ni una jodía sombra". Sintiendo desgajarse mi alma, tuve fuerzas para subir hasta los 7O-75 a la hora, pero ya sin dar una mierda por la pobre biela o lo que quedase de ella. Pero, por increíble que parezca, aguantó. Sólo 6 u 8 kms, pero aguantó. Y ahora, esto. Un taller. Y el payo que sale, saluda a mi amigo el sombrero, se guarda el trapo en el bolsillo de atrás, y me dice(¡ay!): "¿Puede abrirme el capó?" El desmayo. El terror. El motor en marcha, caliente como un moro en Hollywood. El payo que agarra la palanquilla de la bomba. El payo que la retuerce, y la caldera se convulsiona, se acelera, el suelo se estremece, mi corazón se caga, mi mujer también, el Barreiros venga "brraamm, brraamm", pero, oh Dios mío, LA BIELA SIGUE SILENTE! Y, por fin, como el sol tras la tempestad, con gesto munífico, el mecánico me hace señas que lo pare y le hace un imperceptible gesto de asentimiento al del sombrero. Éste, que sólo esperaba esto, me indica el interior del taller, y cuando vamos a entrar, como una aparición del Alien, el mecánico vuelve sobre sus pasos, me indica que abra de nuevo, se dirige derechito al tapón de relleno de la tapa de balancines, (¡oh no, oh noo!), lo gira, lo saca, lo aparta un medio palmo a un lado, y veo un hilillo de wynn's que queda, terco, entre el cuello de relleno y el tapón. Con cara de derviche entregando una esposa por un reloj ruso, declara solemne: "Esto es güin, ein?". Con un último y sobrehumano esfuerzo por reponerme, echando mano a mis últimos miliamperes y sin dejar traslucir mucho temblor de voz, pude cloquear, "Estooo, sí, es que mi mecánico gusta de mantener mis coches en perfecto estado, ¿sabe Vd.? y estos motores de giro tan lento ya se sabe". "Sasto, ya se sabe, sí señor. Mu güeno er güin. Un poco caro ( ¡y me lo decía a mí, que mi presupuesto de vacaciones se fué a tomar por culo en la gasolinera de Barcelona, pero…) aunque loj motore con esta calorina lo agradecen un montón, zíí zeñó. Ea! Buen carro tas mercao, Manué!" ¡¡Fiuuuu!!Tras esto, me entregó con unción las 34 sábanas verdes, que yo me guardé con gesto displicente en el bolsillo de atrás de mi vaquero, me invitaron a una copa allí al lado, (invitación que decliné cortésmente aduciendo mi urgencia en solventar las deudas de juego), y nos despedimos con cara de póker, el culillo apretao, trémulos los dos, el corazón en la boca, y al primer taxi que pillamos por allí le hicimos tirar pa Madrid sin mirar por el espejo, ni aunque oyera sirenas.Desde entonces, siempre que veo un milqui me entran emociones diversas. A mí me gusta, me gusta mucho. Sobre todo ahora que empiezan a verse restauraciones resplandecientes. Tiene una gran clase, sí señor. Pero la parte más importante de mi vida, la que es mi vida, mi brujita, no quiere ni verlo.Entre el milcua del Manolón (sí, el "Vaporoso" de la historia), y otros dos de la familia, ella tiene las vivencias, digamos, negativas, y yo a éstas las llamo positivas, por lo de hazaña técnica que tiene poner en marcha un Barreiros sobadísimo, sin compresión, con la batería hecha una mierda y a -10 ó -12º. Aunque eso no es nada con lo de empastar los cristales para no conducir con impermeable, o instalar una estufa de campingas en el butacón trasero para no helarse los güevos en Navacerrada…. Mmm…. Lo dije y lo mantengo: al volante te sientes un señor. Mientras que haciendo lo mismo en un cuatopocuato poderozo te sientes, er, pues eso, un cuatopocuato. ¡Viva la madre que parió a los milqui!