Quien de nosotros después de cenar no se sienta delante del televisor y va devorando guste o no guste espacios televisivos de difícil digestión. Sin embargo, la rutina de estos momentos; contundentes, fuertes, pesados, casi indigestivos, se ven animados por unos minutos que yo defino como «la vida es fácil», en donde unos sorprendentes personajes u objetos varían constantemente sus gracias y te hacen llegar a pensar que nada de lo que te ocurre es cierto, que la vida es un dulce como este pastelito envasado al vacío lleno de colorantes y edulcorantes, que los bancos son nuestros amigos, que los electrodomésticos se ofrecen con sirvientes y que las bebidas alcohólicas son para beber con moderación…
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De entre toda «la vida es fácil», hay unos largos minutos dedicados a nuestros amigos los automóviles. Los automóviles, como en un film del oeste, avanzan lentos hacia un destino imprevisible, sus ruedas destellan brillos confusos como las plateadas espuelas del malo. Negros, máximo grises levantan arcos de cristalina agua en su paso por la asfaltada carretera recordándome aquellos charcos en donde el malo caerá después del duelo… y así sigue en su ruta a lo imprevisible como Clin Eatswood perdonando vidas en sus mejores días … (seguramente las motocicletas femeninas y más inteligentes, saben más sobre su futuro y no se prodigan en estos medios).
Que símil, un automóvil con el malo del western.